El Inmortal
De Jorge Luis Borges
Inicio
“Esa
privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir,
por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.”
Conflicto
“Al pie de la
montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y
arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero)
la evidente Ciudad de los Inmortales.”
“Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura.
Bebí como se abrevan los animales.”
Clímax
“La humildad y
miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo
perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de
enseñárselo.”
“Argos,
le grité, Argos. Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa
perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después,
también sin mirarme: Este perro
tirado en el estiércol. Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos
que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. Muy poco, dijo. Menos
que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.”
“Cabe en estas palabras Existe
un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas
aguas la borren. El número de ríos no es
infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por
haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.”
Conclusión
“En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido
por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso
de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y
feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo
soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres.”







